De verdad que no necesitas pensar tanto. Descubre tu manera de crear y úsala hasta para decorar tu desayuno, pásatelo bien.
Una pregunta.
Una simple y pequeña pregunta. Con un enorme poder de transformación.
La encarnación de la caja de pandora hecha pregunta me atrevería a decir. En cuya tapa un cartelito reza la siguiente advertencia
…o incentivo, según se mire:
Una pregunta pequeñita, al principio tímida y aparentemente inofensiva que, al menos en mi caso, una vez te atreves a hacerte, ya no puedes parar. La vida se vuelve demasiado divertida como para dejar de hacerlo. Más adictiva que los deliciosos placeres mundanos, más incluso que las cucharaditas de miel o los cigarrillos que acompañan a las copas de vino en las noches especiales.
Me siento una especie de niña traviesa cuando me la hago. Y me gusta. Creo que eso significa que a pesar de ver mi rostro más…¿maduro, sereno, responsable, afilado, tallado y perfilado con ese aire de chica madura por los años?, en el reflejo de mi espejo, sigo siendo una niña que se atreve a desafiar las leyes de la norma y descubrir su propia forma de ser, crear y existir en el mundo.
Una niña que cada día desaprende más y comprende menos el porqué de que todos tengamos que remar en la misma dirección, para llegar al mismo puerto, de la misma manera y a una determinada “edad”.
Una niña con la misma preguntita de siempre rondándole la cabeza y que no la deja en paz:
vale, el mundo que me rodea siempre me ha dicho que esto “se hace así”, pero si me hago la loca y me olvido de eso entonces…
¿Cómo me nace hacerlo a mí?
¿Cómo me nace ser a mí?
Con este cuerpo, con estas manos, con estos dedos, con estos ojos y esta mente pensante (o mejor dicho, delirante).
De verdad que este interrogante parece haberse hecho con las riendas de mi vida y ahora mueve los hilos a su antojo, me siento literalmente su títere. Pero me encanta, ojalá siga guiándome durante mucho mucho tiempo más.
Pero hoy, querido lector, me ha dado por hacerme (y dejarte aquí) una pregunta aún mayor.
¿Qué pasaría si esta pregunta fuera la titiritera de las vidas de todos nosotros?
O mejor dicho,
¿Qué pasaría si todos nosotros nos “ciñésemos” a crear desde ese punto de partida?
Desde el absoluto…
hago esto simplemente porque quiero que exista en el mundo y…
porque ahora me hace feliz,
poco más
Si me preguntas a mí, Elsa Pérez, aquí y ahora, desde el rincón soleado de esta cafetería escondida en algún lugar de la ciudad, cómo creo que el mundo se vería si todos nos dejásemos en paz y nos dejásemos ser y hacer y crear desde el mero; así porque me hace feliz de verdad.
Te diría que creo que pasarían varias cosas, ¿qué digo varias? ¡muchas!
Pasarían muchas cosas.
Una de mis favoritas es que, al permitirnos ser tal y como somos y experimentar esa plenitud, no tendríamos necesidad de cargar con el peso pesado de ir detrás de los demás diciéndoles cómo deben ser. Qué alivio. Les dejaríamos ser, porque nos dejaríamos ser.
Otro de mis efectos favoritos es que cavaríamos por fin la tumba de ese famoso “síndrome del impostor”, porque asumiríamos la absoluta normalidad de que cada uno ha de nadar en el mar de su propia libertad para escribir, dibujar, cantar, bailar y hablar a su manera. A su única, irremplazable y más que suficiente manera.
Le daríamos un beso de buenas noches al juicio, a la comparación, la frustración, la represión, la culpa, la mentira, el secretismo, la envidia, el miedo y… nos dejarían descansar.
Se pondría guapísima la tierra de los colores descalzos de la aceptación y bailaríamos al corro de la patata al ritmo de la ligereza despreocupada.
Porque imagínate por un momento, que te despiertas, y lo primero que se te viene a la mente, todavía en la cama y con los pensamientos apelmazados es…
Vale, el mundo, la sociedad, mis padres, el profesor de matemáticas o el de la universidad, mi jefa, mi grupo tenis, de teatro, de ping pong o mi prima de valencia. Todos ellos, me han dicho que al levantarme, cada mañana, debo poner primero el pie derecho en el suelo y después el izquierdo, lavarme la cara y beber un vaso de agua en ayunas, preparar un café, una tostada con pan integral y proteína y tomarme el energético desayuno sentada a la mesa de la cocina mientras escucho las noticias de la mañana, el podcast, la radio o el vídeo de YouTube para estar “enterado/a de lo que sucede hoy en el mundo”. Todo ello antes de vestirme acorde con la paleta de colores tierra que el Corte Ingles ha declarado como tendencia este 2026 y salir al mundo lista para seguir haciéndolo rodar.
Eso me han dicho que debo hacer. Que es lo que está bien. Lo normal. Lo adecuado. La rutina que me acredita como “humano con derecho a ser tenido en cuenta”.
Pero, qué pasaría si de repente una mañana te despiertas y en tu cabeza, se cocina algo distinto. Qué pasaría si te parases a observar y descubrieses que hay cosas que no sabes ni por qué estás haciendo, y mucho menos por qué empezaste a hacerlas. Imagínate que, en ese caso, te da por cometer el acto vandálico de hacerte mi pregunta favorita;
¿cómo me nace a mí hacerlo?
¿cómo me nace a mí empezar el día?
¿Cómo empezarías tus mañanas si el mundo no te hubiese dicho cuál es la manera “correcta” de hacerlo?
¿Alguna vez te lo has preguntado?
Puede que te sorprendas.
Tal vez descubras que te apetece empezarlo en silencio, quitarle un par de minutos a tu rutina de skincare para abrir la ventana y quedarte contemplando el cielo de las 8 de la mañana como si fuese la primera vez que lo vieses.
Tal vez, ese día, sin pensarlo demasiado ni darle muchas vueltas, te da por desayunar en el suelo del salón, con las piernas cruzadas al estilo indio como cuando éramos niños, con la puerta del jardín o el balcón abierta, dándole la bienvenida a la brisa virgen de la primavera y sustituyendo la melodía del noticiero por la del piar de los pájaros. Eligiendo saborear las políticas del gobierno de la serenidad que reina en las mañanas.
Quizás te atrevas a preguntarte qué te apetece desayunar y descubras, que lo que hoy te pide el cuerpo es algo de fruta salpicada con miel, tomarte el café en una copa de vino o preparar un desayuno a la italiana con queso mascarpone… no lo sé, infinitas posibilidades pero…¿qué pasaría?
¿Qué pasaría si aprieto el botón de lo que elijo? ¿si acciono esa palanca?, aunque nadie haya venido a darme permiso, ¿qué pasaría si me lo diese yo a mí misma?
¿Qué pasaría si le llevases la contraria al Corte Inglés y no vistieras su paleta de colores en tendencia para la primavera verano de 2026?
Si te apetece hacerte un moño que nunca antes habías probado y cuya arquitectura no has visto jamás coronando la cabeza de nadie. Si se te ocurre que sería una idea fantástica utilizar una chaqueta de punto como bufanda o una bufanda como chaqueta, o decorar tus orejas con pendientes desiguales o ponerte unos vaqueros que siempre te han dicho que “no le favorecen a tu tipo de cintura”, pero que, a ti, en el fondo de los fondos, siempre te han encantado.
¿Y si quieres hacer los rabitos de las “y” más largos porque te parecen bonitos? ¿o empezar a escribir con una letra diferente a esa redondita que te enseñaron en el colegio?
Ponerte un poco de perfume para irte a dormir, aunque tu única compañía vaya a ser tu ropa de cama (que por cierto también se merece disfrutar de olores agradables).
Volver a abrazar el muñeco de tu infancia, algún día fuisteis inseparables y estoy segura de que te lo agradecería.
Pintarte los labios de rojo para ir al supermercado y coger la naranja más pequeña de todas porque te da ternura…
En esta vida nuestra ¿todo tiene que estar justificado por el deber?
Ponte a imaginar qué se yo.
De hecho, es importante que lo hagas conmigo.
Es decir, sí con este ensayo además de disfrutar, te haces el regalo de imaginar cómo te encantaría empezar hacer ciertas cosas, entonces haber escrito y compartido estas palabras cobrará sentido a niveles exponenciales y a mí me harías la escritora más feliz del mundo.
Hay rasgos maravillosos de nuestra personalidad que dejamos en el tintero porque nunca leímos nada parecido antes.
Atrevernos a descubrirlos es el regalo de estar vivo y esa libertad para dejarse ser, se vea como se vea por fuera, querido lector, es la esencia pura y dura de ese concepto al que definimos como…
Creatividad
La creatividad dista muchísimo de tener ideas “brillantes” que ya sabemos de antemano que van a funcionar.
Dista mucho de ser un genio, dista mucho de hacerlo “bien”.
Dios libre a la creatividad de cargar con el peso de “hacerlo bien”
La esencia de la creatividad es hacerlo sin saber por qué.
Sin reglas (sin hacer daño a nadie, por favor, no me malinterpretes).
De hacerlo simplemente porque te hace ilusión que esa manera de atarte los cordones, de pintar, de escribir, de expresarte, de sacar fotos y retocarlas, de echarle orégano al café y usar la pared de la cocina como pizarra de rotulador para escribir desde la lista de la compra hasta un poema (esto no es broma, llevo años dibujando con rotulador sobre los azulejos de la cocina y a veces han salido de ahí paisajes realmente sorprendentes).
Porque te hace ilusión que estas cosas simplemente existan y cobren vida en el mundo. Simple y llanamente porque tú, y sólo tú, has tenido una ocurrencia y quieres ponerla en práctica, tal vez durante sólo cinco minutos o tal vez durante toda una semana, un mes, un año, una vida.
Hacerlo siendo completamente consciente de que nadie antes lo ha hecho.
Porque nadie lo ha traído al mundo y te pica la curiosidad de cómo sería. Porque nadie antes lo ha probado y tu, sin motivo aparente, tienes la necesidad de saborearlo.
Hacerlo a pesar, y sobre todo, por eso. Porque si no asumes tú, que has tenido la idea, la responsabilidad de bajarla a tierra, ¿quién lo hará entonces?
El otro día, leyendo una guía para principiantes sobre historia del arte, me topé con algo que me reafirmó en esta convicción, y decía así:
Cada generación se rebela de algún modo contra el punto de mira de sus padres. Cuando el joven Mozart llegó a París advirtió (como escribió a su padre) que allí todas las sinfonías elegantes terminaban con una rápida coda, por lo que decidió sorprender a su auditorio con una lenta introducción a este último movimiento.
Esto es la creatividad. El acto de crear, en vez del de copiar (que tampoco está mal, pero no me negarás que es menos divertido y emocionante).
Tal vez quieras usar la imperfección de la creatividad para crear tu propia imperfecta vida.
Imperfecta para la norma, pero perfecta para ti y solo para ti. Al fin y al cabo, eres tú quien la vive ¿no?
Eres tú quién se despierta por las mañanas y tiene que comerse el pastel, ¿de qué sabor lo quieres? ¿no lo sabes?
Genial, ¡que empiece el juego!
Mezcla. Inventa. Prueba. Falla. Mánchate las manos, la camisa y despéinate en el intento y diviértete. Se tu propia musa, descubre tu manera de crear y úsala hasta para decorar tu desayuno, pásatelo bien. Sobre todo pásatelo bien. No necesitas pensar tanto.
Creo que al final, toda esta libertad de movimiento para crear una manera propia de escribir, hablar, correr, caminar, besar…vivir.
Sólo requiere de una cosa. Una simple y llana cosa: AMOR
Amor hacia uno mismo y hacia lo que a uno le nace de dentro.
Y no lo digo sólo yo, de nuevo, me apoyo para esto en el joven Mozart, que dijo…
“ni una inteligencia sublime, ni una gran imaginación, ni las dos cosas juntas forman al genio. Amor, el amor es el verdadero alma del genio”
Por eso, me inclino a creer, que la creatividad pura y dura, no es más que la consecuencia de amarse a uno mismo tal y como es. Tal y como el mundo le ha hecho.
El mundo no se ha tomado la molestia de traerte aquí, con tus características, tus ideas y tu cuerpo para que vayas tú y te mandes callar. Descubre el mundo a través de ti, apréndete.
Tienes un cuerpo, y una responsabilidad: aprenderte.
Ese es el puesto de trabajo más importante que vamos a desempeñar de aquí al día en que nos marchemos. Oficina: el cuerpo. Horario: las 24 horas del día.
Aprendernos y regalarnos nuestra propia forma de ser y… cuando vengan dudas, simplemente volver a mirar dentro de la caja de pandora y descubrir…
¿cómo me nace hacerlo a mí?
Ojalá que nunca olvides la magia que llevas dentro