Una pequeña reflexión en medio de este mundo aparentemente lleno de gente ¿creativa? y distinta
Hoy, hablando con una amiga, hemos llegado a la conclusión de que no es lo mismo. No es lo mismo cuando una persona rica exhibe sus habilidades completamente originales, histriónicas y creativas que cuando una persona sin capital y con menos recursos lo hace. Es una de esas cosas que sabes desde siempre pero que necesitas decir de vez en cuando en voz alta para que termine de cuajar.
Primero, porque esa segunda persona, de entrada, ni siquiera puede llegar a hacerlo. En la mayoría de los casos.
Marx, que para algo se adelantó a todo, ya lo tenía muy claro. Una cosa que dijo es que el bien más preciado que tenemos las personas es el tiempo. El tiempo, que te da esa pequeñita pero tan importante llave para el ocio. Para parar. Para aburrirte. Para que se te ocurra algo chulísimo y mostrarlo en redes sociales.
Marx también dijo que si a ti tu tiempo te lo arranca día a día, sistemáticamente, una clase totalmente parasitaria en estricto beneficio de sus ganancias, lo que te están comprando no es solo tu fuerza de trabajo y tu plusvalía. Te están comprando aquello más preciado. Te están comprando el tiempo. Y con el tiempo, sin que nadie te lo diga explícitamente, te están comprando también todo lo que podrías haber hecho con él.
Entonces, una persona que se pasa todo el reverendo día en su casa tiene la puerta mágica a hacer todas esas cosas que una persona asalariada explotada no puede. No es lo mismo tener cinco horas para pensar y armarte un look con el que hacerte la distinta delante de todo el mundo que tener una. No es lo mismo tener semanas y semanas libres para aprender a usar el Ableton y hacerte la DJ con tus amigas hasta acabar pinchando en tus fiestas favoritas que tener que hacerlo en los huecos que te dejan entre turno y turno. No es lo mismo crecer en una casa con biblioteca que crecer en una casa donde los libros no cabían porque tampoco cabía el dinero para comprarlos. Ni el tiempo para leerlos.
Capital cultural. Así lo llamó Bourdieu, con su costumbre de nombrar todo aquello que pesa como una losa y que una lleva dentro sin saber cómo. No es solo lo que sabes hacer, es todo lo que has absorbido sin darte cuenta, por el simple hecho de haber nacido donde naciste. La familia que te leyó en voz alta de pequeña. Los museos a los que te llevaron un domingo de lluvia. El piano en el salón. El viaje a Italia con catorce años. El intercambio a Los Ángeles o Nueva York en la universidad. Todo eso se convierte en un cuerpo, en unos modales, en un gusto que parece natural pero que es, en realidad, heredado. Y la trampa es exactamente esa: que parece natural. Que parece tuyo. Que parece talento.
Bourdieu lo llamó habitus, que es una palabra un poco fea para una idea también fea: la clase social no se lleva solo en la cuenta bancaria y en el polo de Ralph Lauren Classic, se lleva en el cuerpo, en cómo te sientas, en qué te parece gracioso, en si cuando entras a una galería de arte te sientes en casa o sientes que te van a pedir que te vayas. Y lo que más incomoda de todo esto es que el habitus funciona solo, sin que nadie tenga que decirte nada, sin que nadie te eche explícitamente. Simplemente hay sitios donde no encajas y lo sabes antes de que te lo digan.
Los intelectuales, los artistas, los creativos de la historia no lo fueron por vocación divina ni por haber nacido con el gen del genio. Lo fueron, en su mayoría, porque tenían tiempo, en el sentido en que Marx lo dijo. Porque alguien pagaba sus deudas mientras ellos pensaban. Virginia Woolf lo dijo antes que nadie y con más elegancia que nadie: para escribir necesitas una habitación propia y quinientas libras al año. Kant nunca trabajó de verdad en su vida, en el sentido de intercambiar tiempo por dinero para sobrevivir: fue profesor en la universidad con tiempo para pensar, hacer sus paseos (tan famosos como rutinarios) y construir una de las filosofías más influyentes de la historia occidental. Descartes vivía de una herencia. Schopenhauer también. Simone de Beauvoir venía de una familia burguesa de París que, aunque venida a menos, le dio acceso a una educación que la mayoría de mujeres de su época ni soñaba. Detrás de cada gran obra hay una renta, un mecenas, un padre con tierras o una herencia que nadie menciona en la placa del museo o en su Wikipedia.
Y esto, en realidad, es la lógica más simple del mundo: el pensamiento necesita tiempo, y el tiempo lo compra el dinero. O, dicho de otra manera, lo que Marx ya había visto: si tu tiempo te lo arranca cada día una clase que lo convierte en su ganancia, no solo te están robando la fuerza de trabajo. Te están robando la posibilidad de pensar. De crear. De ser, en ese sentido tan bonito y tan burgués de la palabra, una persona interesante, distinta y creativa.
Lo irónico es que actualmente vivimos en una época que ha convertido la creatividad en casi una obligación moral. Todos tenemos que tener un proyecto personal, una voz propia, un lado artístico que expresar. Hay libros de autoayuda enteros dedicados a eso, y uno de los más vendidos y más citados es El camino del artista, de Julia Cameron, que te propone, con toda la fe y tranquilidad del mundo, que reserves cada mañana tres páginas escritas a mano para conectar con tu yo creativo. Suena tan bonito. Suena hasta liberador. Pero nadie en ese libro te pregunta a qué hora entras a trabajar, ni si vives sola o con cinco personas en un piso de sesenta metros cuadrados, ni si tienes el tipo de cansancio que no se va con dormir. La antorcha que te pasan encendida está pensada para manos que ya tienen el tiempo libre de sostenerla.
Volviendo a la pregunta con la que empezamos, la que mi amiga y yo nos hemos hecho casi sin querer una mañana cualquiera: ¿por qué no es lo mismo? Porque vivimos en un mundo que celebra la creatividad como algo que todo el mundo puede desarrollar por igual, como si la única diferencia entre quien crea y quien no fueran las ganas o el valor de mostrarse. Y resulta que no. Resulta que hay un secretito que nadie quiere nombrar porque es muy incómodo y muy poco estético para los tiempos que corren. Así que en un mundo donde parece que todo el mundo es creativo, quizás no solo debemos preguntarnos quién tiene el talento para despuntar y desmarcarse de los demás. La cuestión es quién tiene tiempo. Y quién tiene tiempo, ya lo sabemos, es quién tiene dinero.
Al final, puede ser que el mundo no esté tan lleno de gente creativa. Está lleno de gente rica.